Transformar el sistema educativo. Construir un futuro mejor.

En fecha reciente se inició el trámite parlamentario que conducirá a la promulgación de la nueva Ley de Educación Vasca. Parece existir un cierto consenso entre las principales fuerzas políticas del arco parlamentario para avanzar conjuntamente en la adecuación de nuestro sistema educativo a las necesidades de la sociedad, tanto a corto plazo como las que nos permite entrever el futuro.

Estamos ante una enorme oportunidad que no debemos dejar pasar. Nuestro futuro dependerá en gran parte de la calidad del sistema educativo del que dispongamos. Creo que es momento de valentía y ambición de formular una ley que no se limite a “tuneos” o adaptaciones parciales. A pesar de que en términos generales, contamos con un sistema educativo de calidad, los retos que vayamos a afrontar en las próximas décadas requieren una respuesta educativa diferente a la desplegada hasta nuestros días, ya que el modelo educativo actual se quedará obsoleto rápidamente.

Nos enfrentamos a un mundo cada vez menos predecible. La incertidumbre se ha instalado en nuestras vidas. Hay más dudas que certezas, y la realidad reta constantemente comportamientos, axiomas y paradigmas sociales, políticos. Asistimos a una permanente turbulencia y agitación en todos los ámbitos de la vida, contemplamos con preocupación que los patrones y las implicaciones de los cambios han dejado de ser predecibles, nos encontramos con dificultades para entender en toda su magnitud las interrelaciones de las causas y factores que configuran los espacios competitivos y los comportamientos sociales.

Los niveles de cohesión son elevados, en comparación con otras geografías, pero esto no es incompatible con una creciente desigualdad social y la evidente carencia de oportunidades para una parte de la población. Estamos instalados en un mundo en el que el hedonismo, el individualismo y la inmediatez ganan terreno en detrimento del bien común y de la igualdad social. Asistimos a cierta banalización del conocimiento, paradójicamente, en el momento de mayor producción científica y tecnológica de la Historia. Esa realidad conforma el lado oscuro de tantos y tantos mensajes buenistas expresados constantemente en redes sociales, campañas de publicidad o mensajes institucionales. Y sin embargo, la nuestra es una sociedad que forma parte de la red mundial interconectada más poderosa nunca antes vista y, tenemos la obligación de generar espacios atractivos para la multiculturalidad.

En definitiva, el mundo en que nos moveremos en el futuro se configurará en torno a la navegación en aguas turbulentas, sin claridad en las rutas y con fenómenos meteorológicos nuevos y cambiantes. Las claves de la transformación de nuestro sistema educativo tienen que establecerse en ese entorno social, económico y político, ya que la educación es la base sobre la que se cimenta una sociedad más libre, competitiva y cohesionada. Coincido totalmente con el catedrático del MIT Peter Senge cuando afirma: “La calidad del sistema educativo es la única fuente de ventaja competitiva de un país”.

Aprovechemos la ocasión para promover una auténtica revolución de nuestro sistema educativo, que acompañe a la ciudadanía a lo largo de la vida (el sistema educativo no debe contemplar solamente la formación reglada) generando mecanismos que favorezcan una cultura y una praxis de aprendizaje permanente. Debemos favorecer una dinámica educativa que nos ayude a aprender a aprender, y que contribuya a generar una sociedad más innovadora que potencie las capacidades individuales y colectivas para adaptarnos a los nuevos entornos.

Creo que la transformación del sistema educativo debe centrarse en la persona, en un proceso que combine la generación de conocimientos y competencias en los alumnos, que doten a la persona de pensamiento crítico para su desarrollo integral ante los retos y oportunidades que de este mundo cambiante. No van a existir reglas fijas, ni fórmulas predeterminadas para resolver los retos personales y sociales, por lo que tenemos que poner el foco en la capacidad propia de cada persona para garantizar que será capaz de entender las condiciones cambiantes de entorno y nuevas realidades, haciendo prevalecer el bien común por encima de individual.

Esta apuesta por la personalización implica dotar a las y los profesionales del sector - desde la formación en las escuelas de magisterio hasta el final de sus carreras - de una adecuada capacitación en conocimientos, psicología, métodos de aprendizaje, vivencia de valores, capacidades de comunicación e innovación pedagógica. El rigor en el desarrollo profesional y humano de la comunidad educativa es vital para conformar un sistema educativo de calidad.

Necesitamos un movimiento social que trabaje a favor de esta transformación en profundidad, para sentar las bases de un sistema educativo que refuerce nuestro modelo de competitividad y lo haga compatible con la generación de riqueza y la cohesión social. Y esto pasa por formar a nuestros niños, niñas y jóvenes en valores sociales y humanos, dotarles de competencias y conocimientos adaptados a las nuevas realidades, formar profesorado de alto nivel que reciba una adecuada compensación y valoración social, generar métodos didácticos que fomenten la curiosidad intelectual, la exploración sistemática del azar, el rigor crítico, la capacidad de aprender a lo largo de la vida, el trabajo en equipo, el emprendizaje, la creatividad, la diversidad, la multiculturalidad, y la integración de la competitividad en el marco de la cohesión social.

Aprovechemos la oportunidad que nos brinda la agenda legislativa con el espíritu de acelerar esta nueva dinámica educativa que, recogiendo los frutos del pasado, genere un sentido aspiracional de transformación desde la propia sociedad: una apuesta de largo plazo, revolucionaria que sea vivida coherentemente en un horizonte temporal largo, al margen de las posiciones individuales de los diferentes agentes socio-político-educativos del país. Nos jugamos nuestro futuro en este reto, no podemos fallar a las generaciones futuras - “Transformar el sistema educativo para la mejora de la competitividad y la desigualdad social es el frontispicio de la tramitación parlamentaria” -.

Artículo publicado en la Revista País Vasco de El Economista

 
Sabin Azua

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