Caminar estratégicamente por los nuevos tiempos que vivimos

Siempre hemos considerado que la monotonía y la repetición constante de los acontecimientos genera una cierta dinámica negativa en las organizaciones que les impide circular por los caminos de la creatividad, la innovación y el intraemprendimiento. Es por ello que constantemente buscamos incentivos para formular modelos de negocio nuevos, relaciones nuevas con nuestros clientes, nuevos mercados, etc., que dinamicen la vida de la organización.

Sin embargo, en estos tiempos de incertidumbre y de constante sorpresa (cuando no pánico y desazón) que vivimos, añoramos un poco de esa calma chicha que en ocasiones envuelve los proyectos empresariales. Nos movemos en un entorno de agitación permanente, de situaciones cambiantes no predecibles en la mayoría de las ocasiones, que nos está retando de forma constante y pertinaz, y que obliga a las organizaciones a dinámicas desconocidas de reflexión-acción continuadas, a responder con mayor celeridad, a readaptar sus mecanismos de toma de decisiones y de gestión, todo ello sin bitácoras preestablecidas.

El marco competitivo en que nos movemos responde con creces a la máxima china: ¡Ojalá que te toque vivir en tiempos interesantes! Aunque he de reconocer que los guionistas han sobrepasado notablemente los límites de la imaginación y nos ponen a prueba constantemente. Tenemos que sacar lo mejor de nosotros mismos para abordar el futuro con la mejor combinación posible de nuestras capacidades, emociones y esfuerzos.

Hoy más que nunca cobra sentido la famosa frase de Jack Welch: “La estrategia de una organización se compone de un 10% de diseño y un 90% de implementación”. Esta sentencia implica dos hechos fundamentales para que nuestros proyectos empresariales fructifiquen: visión de futuro y capacidad de implantación. Como consideración inicial imprescindible, necesitamos tener claramente establecido el sentido de dirección de nuestra organización, saber los rasgos esenciales del proyecto de futuro que queremos, como marco para el proceso de toma de decisiones sobre este entorno tan cambiante que vivimos, y como hemos comprobado, nos obliga a reinventarnos en la ejecución permanentemente.

Conversando con muchos directivos a lo largo de este larguísimo año de pandemia, me encuentro con que un buen número de ellos apelan al tacticismo como mecanismo de gestión de este proceso (no les culpo, la virulencia de la crisis y sus efectos en las personas y en las organizaciones es terrible, así como la demanda social de respuesta inmediata) convirtiéndose en la esencia de su actuación, sin cuestionar permanentemente sus efectos sobre el sentido de dirección estratégico de futuro del proyecto empresarial. Mi propuesta va en la dirección opuesta: profundicemos en nuestro sentido de dirección y adaptemos nuestra actuación diaria a ese proyecto.

Pero no soy ingenuo y sé que un buen diseño estratégico no basta. Necesitamos una implantación, una cultura, una dinámica organizativa que facilite la transición de la organización hacia el futuro deseado. Como dijera el General Patton: “Las buenas tácticas pueden salvar incluso la peor estrategia, pero las malas tácticas destruirán incluso la mejor estrategia”. La indisolubilidad entre diseño e implantación es incuestionable. Necesitamos una estrategia que aproveche al máximo los recursos limitados que poseemos para adaptarnos a aspiraciones ambiciosas.

Es evidente que estamos necesitando mucho esfuerzo, dinamismo, imaginación y creatividad para abordar la competitividad de nuestras organizaciones en estos momentos de zozobra, incertidumbre y situaciones adversas. Me gustaría compartir algunas consideraciones sobre elementos a potenciar en nuestras organizaciones para “surfear la ola tipo tsunami” que tenemos ante nosotros, sabiendo que no hay recetas universales, ni milagrosas.
Recomendaría huir de la inmediatez como norma de gestión, pese a que esté cada vez más presente en nuestras vidas. Tenemos que seguir mirando lejos y adaptar nuestras decisiones a ese horizonte. No nos olvidemos de gestionar el presente, pero sigamos preparando el futuro de nuestro proyecto empresarial. Trabajemos con ese cometido para no salir más debilitados de esta crisis.

Una de las máximas que debe presidir nuestro pensamiento estratégico y modus operandi es la necesidad de reinvención permanente, sobre todo, aprendiendo a desaprender. Lo que nos ha traído hasta la posición que ocupamos debe ser cuestionado permanentemente para generar el proceso de transformación empresarial. Esta batalla sólo se ganará con más creatividad, más innovación, mas experimentación y más inconformismo. Parafraseando a Gabriel García Márquez: “Los seres humanos no nacen para siempre el día que sus madres los alumbran, sino que la vida les obliga a parirse a si mismos una y otra vez”.

Creo que el mayor reto que tenemos las organizaciones en estos momentos es seguir avanzando en el proyecto compartido. Muchas organizaciones se han debilitado por las consecuencias de la pandemia y la crisis sobre el empleo y, por ende, sobre el compromiso colectivo en el proyecto empresarial. Hoy más que nunca es necesario reforzar la comunidad de personas en torno al compromiso intergeneracional, la prevalencia del bien común sobre el bien individual, la corresponsabilización, la vinculación emocional con el proyecto, la comunicación y el diálogo permanente, generando dinámicas que cuestionen permanentemente nuestras creencias, e innovando para generar nuevos cauces de desarrollo.

Me gustaría concluir esta reflexión con una apelación directa a cada uno de los miembros de las organizaciones, no sólo a sus accionistas o directivos. Cómo decía Dani el Rojo en el mayo del 68 francés: “El cambio colectivo siempre se produce por la acción individual de cada uno de sus miembros”. Tenemos que caminar juntos, pero se requiere el compromiso, la aportación y la creatividad de cada uno de los miembros de la organización, tenemos que incrementar nuestro nivel de autoexigencia y compromiso y, sobre todo, ponerle pasión y esperanza a nuestro trabajo diario. Seguro que, juntos, venceremos.

Artículo publicado en la Revista País Vasco de El Economista.

Sabin Azua

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