Con tu quiero y con mi puedo vamos juntos compañero

Con tu quiero y con mi puedo vamos juntos compañero

El mundo competitivo en el que nos movemos fuerza a las organizaciones a desarrollar mecanismos de cooperación con otros agentes para cumplir con sus objetivos estratégicos, partiendo de la premisa de que es imposible avanzar en solitario. El fortalecimiento de la identidad de una organización y la potenciación de sus competencias esenciales o capacidades básicas son una necesidad imperiosa para poder avanzar en el diálogo y cooperación con otros agentes que potencie las capacidades de actuación de la organización.

La situación de emergencia generada por el COVID-19 ha puesto de manifiesto la necesidad de la cooperación entre agentes públicos y privados, de los ámbitos empresariales, sociales, educativos, culturales, políticos, asociativos y la ciudadanía en general para el desarrollo de estrategias y prácticas complementarias que contribuyan al bien común.

El concepto de Comunidad, imprescindible para el desarrollo solidario y que hace posible una sociedad con el menor nivel de desigualdades sociales posibles, ha aflorado como un elemento a preservar y potenciar. La esencia de la Comunidad está en la búsqueda de objetivos comunes, ser corresponsables en su alcance y la estrecha y profunda colaboración entre todos sus miembros como dinámica de avance colectivo.

Entiendo que este concepto, ya muy enraizado en muchas empresas de nuestro entorno, deberá propagarse en todos los ámbitos de la vida. En este artículo, haremos un especial zoom sobre la importancia de la cooperación y el trabajo comunitario como rasgos esenciales de la competitividad futura de las empresas. Cómo escribió Mario Benedetti: “Con tu quiero y con mi puedo vamos juntos, compañero”.

La competencia en todos los mercados e industrias se está haciendo más compleja y está generando nuevos mecanismos, que cuestionan permanentemente los modelos de negocio de la mayoría de las empresas. La delimitación de las industrias se resquebraja mientras se cuestionan de forma permanente los modelos de creación de riqueza, la tecnología genera nuevos marcos competitivos hasta ahora insospechados, la lucha por la captación de talento se recrudece y la internacionalización de la economía provoca nuevas oportunidades y desafíos constantes.

La búsqueda de competitividad para muchas empresas ha estado históricamente vinculada a una mayor dimensión, para lograr posición a nivel internacional. Esto sigue siendo verdad en muchas actividades que requieren presencia productiva internacional para seguir y servir a los clientes, economías de escala que rentabilizan los enormes esfuerzos en investigación y desarrollo, la inversión en generación de marca, etc. Sin embargo, en mi opinión, hemos sacralizado en exceso el mayor dimensionamiento como elemento crítico de competitividad. Los nuevos escenarios competitivos nos obligan a matizar este concepto hacia lo que el Profesor José Carlos Jarillo llamó “la búsqueda del tamaño mínimo eficiente para competir en una determinada industria”. Esta orientación nos lleva a buscar fórmulas de cooperación con otros agentes para configurar nuestros modelos de negocio, que respondan de una manera más eficiente a la nueva dinámica competitiva.

Como expresa Thomas Piketty en su último libro “Capital y Propiedad”: “tenemos que ser conscientes de que la vieja forma de hacer empresa está condenada al fracaso; los cambios en el entorno competitivo y la presión social sobre la identificación de nuevas formas de generar riqueza obligan a las empresas a generar ecosistemas de trabajo que incorporen visiones de mercado, de vinculación con la sociedad y de sostenibilidad, pero esto es imposible de alcanzar sin la permanente cooperación con todos los agentes del entorno competitivo de la organización”.

Existe una serie de razones que obligan a las empresas a incorporar la cooperación como uno de los factores críticos de éxito para potenciar su competitividad. Las más significativas, en mi opinión son: la dificultad de abordar procesos de inserción competitiva internacional con garantías de éxito; la creciente dificultad para desarrollar y atraer conocimiento diferencial en todas las áreas de actividad empresarial; la adaptación de los modelos de negocio a las realidades diferenciadas en muchas sociedades; los cambios en el mundo del trabajo y de la relación de los individuos con la vida en las empresas; la necesidad de generar valor añadido que potencie la diferenciación frente a los competidores; y la articulación de nuevos modelos de negocio que incorporen pensamiento disruptivo y ejecución eficiente.

Parafraseando a Gary Hamel, “ninguna compañía va a conseguir el éxito en solitario”. La mayoría de las capacidades y recursos necesarios para el logro de la prosperidad futura de la organización están fuera de las fronteras de la empresa y, por tanto, fuera del control directo de quienes las gestionan. En este nuevo mundo de redes, alianzas, coaliciones y complicidades, las cooperaciones y partnerships no son una opción, sino una necesidad imperiosa.

La apelación de las teorías del management a la cooperación como elemento de competitividad no es nueva; existe una pléyade de ejemplos de esta naturaleza. Desde la referencia de C.K. Prahalad y Gary Hamel a la definición de Core Competences como base para la estrategia empresarial, cooperando con otros agentes para transformarlas en modelos de negocio diferenciados, pasando por la “Clusterización” difundida por Michael Porter como elemento de generación de ventajas competitivas estables, hasta autores como Yves L. Doz, fervientes defensores del “Partenariado y la Alianzas Estratégicas” como mecanismo de desarrollo empresarial.

Michael Porter va incluso más lejos cuando nos sitúa ante un escenario para las empresas centrado en la consecución de fines sociales como mecanismo de transformación y mejora de su competitividad. La defensa de esta base es nítida cuando dice: “El propósito de una empresa debe ser redefinido para crear valor compartido con la sociedad, no por el beneficio exclusivamente. Esto conducirá la siguiente ola de innovación y crecimiento de la productividad en la economía mundial”. Este escenario es imposible de cumplir actuando en solitario y, por lo tanto, la cooperación es el cimiento para configurar este propósito estratégico.

En mi opinión, esta llamada a la cooperación como fuente de ventaja competitiva tiene una consideración inicial de fortalecimiento de la identidad y la capacidad de atraer de la empresa para favorecer su dinámica colaborativa. Toda organización debe iniciar el camino generando una comunidad de personas que se articule en torno a un proyecto de futuro compartido, que incorpore el compromiso con la aportación de todas y cada una de las personas a la competitividad de la empresa.

La comunidad de personas se estructura sobre la base de un propósito estratégico que incorpora un proyecto de futuro, claramente definido y compartido, que no puede ser de naturaleza estática, ni totalmente determinado, sino que deberá alinearse con un sentido de dirección ambicioso que facilite el proceso de toma de decisiones, la participación de las personas y que, además, sirva de marco para las relaciones con otros agentes socio-económicos con los que la organización mantenga relaciones.

Para favorecer la cooperación con otras organizaciones, la empresa debe potenciar sus competencias básicas como elementos diferenciadores frente a otros competidores, generar una cultura de apertura y de colaboración en todos los ámbitos de la organización, potenciar la diversidad interna para incorporar nuevas realidades y vincularse con los agentes de su entorno y de otras geografías para potenciar sus capacidades y complementar sus carencias.

Los tiempos recientes nos han dejado un buen ejemplo de la relevancia de la cooperación para la mejora de la competitividad de las empresas. Hemos visto a muchas empresas reaccionar en este sentido durante la crisis sanitaria ocasionada por la pandemia: han reflexionado sobre la posibilidad de construir valor sobre las capacidades básicas de la propia organización y en colaboración con otros actores de otros sectores de actividad, para ser capaces de generar nuevos productos y servicios que impacto en las necesidades sociales. Tenemos que trabajar para convertir a nuestras organizaciones en ese tipo de “empresa atractiva” para la cooperación. Debemos buscar colaboraciones, alianzas y proyectos compartidos con otros agentes para generar modelos de negocio sostenibles en el tiempo.

Potenciar la cooperación tiene varias finalidades principales ente las que cabe destacar las siguientes:
• Aporta mayor valor añadido a los clientes, en base a la integración de capacidades diversas que complementan las esenciales de la empresa y facilitan su competitividad.
• Promueve la incorporación de talento divergente, que incentiva las capacidades de innovación de la empresa, contribuye a acercarse a diferentes realidades sociales y culturales y potencia el desarrollo de las y los profesionales.
• Aporta la dimensión que ayuda a paliar el déficit de tamaño con otras empresas del sector e incorpora mecanismos innovadores de llegada al mercado.
• Potencia elementos de diferenciación de los modelos de negocio de la empresa, mediante la incorporación de propuestas novedosas.
• Incrementa la capacidad de incidir sobre la solución de necesidades sociales, cada vez más presentes en las estrategias empresariales, al incorporar la experiencia y visión de agentes sociales.

En este entorno competitivo, las empresas centradas en potenciar sus capacidades básicas que cuenten con una notable capacidad de gestión de redes de cooperación tendrán una mayor agilidad para adaptarse a los cambios, a las dinámicas competitivas. 

Serán las organizaciones mejor preparadas para incorporar capacidades ad hoc para los diferentes modelos de negocio de la empresa y sumar conocimiento y potenciar el propio, todo ello crítico para focalizar los recursos de la empresa hacia sus elementos de diferenciación.

También las actuaciones de las instituciones públicas en sus actividades de promoción de la competitividad empresarial deben tener en cuenta esta realidad. Deberán colaborar con sus políticas para favorecer el tamaño mínimo eficiente de las organizaciones, potenciar sus competencias esenciales y facilitar mecanismos de cooperación con todo tipo de agentes empresariales, sociales y de conocimiento; deberán, en definitiva, contribuir a generar modelos de negocio diferenciales en el mercado.

En muchas ocasiones, esta cooperación se ha articulado desde los clústeres y los programas de alianzas y, en mi opinión, deberá ser especialmente creativa a partir de ahora para consolidar las redes de empresas y de agentes que generen ventajas competitivas sostenibles en el tiempo.

En países pequeños como el nuestro, con pocas organizaciones con una dimensión empresarial notable, la cooperación es un elemento crítico para el desarrollo económico y social. Debemos reforzar el espíritu comunitario de la sociedad, empezando por el modelo educativo que debe anclar la cooperación como elemento de transformación social, para poder incorporarlo a todo tipo de organizaciones, buscando una sociedad más cohesionada.

Como expresa Jacinda Ardern, Primera Ministra de Nueva Zelanda, “si queremos impulsar el bienestar social futuro de nuestra ciudadanía, tenemos que estructurar una visión comunitaria de la sociedad, para lo cual es imprescindible que estimulemos la cooperación en todos los ámbitos de la vida”.

Este sentido comunitario debe trasladarse, en la práctica, a la incorporación del vector cooperación en todos los procesos de reflexión estratégica de las empresas. Se trata, por lo tanto, de potenciar la competitividad futura extendiendo el ecosistema en el que desarrolla su actividad. Para ello, es imprescindible desarrollar aspectos como la agilidad, la adaptabilidad a mercados, el conocimiento, el acceso a mercados emergentes, la adquisición y desarrollo de talento, la configuración de nuevas soluciones y modelos de negocio diferenciales, la configuración de plataformas para la competitividad y la incidencia en la resolución de problemas sociales, entre otros.

La pandemia que sufrimos no ha creado la necesidad de cooperar, que previamente existía, pero ha puesto de manifiesto que la fortaleza de la vida reside en la Comunidad.

*Publicado en Estrategia #0000009

 

 

 

Sabin Azua

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