Islandia nos ha enseñado un camino hacia el éxito

Que me perdonen los lectores a los que el fútbol les resulta lejano, pero no me he podido abstraer de la tentación de escribir sobre el maravilloso ejemplo que nos ha dado Islandia (equipo y afición) en la recientemente finalizada Eurocopa, más allá del éxito deportivo.

Islandia nos ha demostrado cuáles son algunos de los ingredientes del éxito: un proyecto coherente, bien dimensionado, planificado a largo plazo, adecuado a las capacidades y condiciones específicas de sus miembros, sustentado en una identidad propia, aguerrido pero noble al competir, alineado con sus “stakeholders” y, divertido.

Los nórdicos eran una selección sin capacidad de competir internacionalmente, siempre goleada en las fases previas de los torneos internacionales, permanente objeto de deseo en los momentos previos a los sorteos de los grupos. En abril de 2012 había en el planeta 132 selecciones más competitivas que la islandesa (sólo 70 peores) Sin embargo, hace apenas 15 años decidió realizar una apuesta de futuro para incorporar el fútbol como parte del sistema educativo nacional, fomentando los valores implícitos en un deporte de equipo y como elemento de conexión internacional.

Prepararon sus infraestructuras deportivas para hacer frente a las inclemencias del tiempo imperante en el país, formaron a sus entrenadores/profesores con la titulación FIFA, incorporaron técnicos extranjeros con experiencia en selecciones de tamaño medio, promovieron la difusión del fútbol en el país para generar un clima favorable en la ciudadanía, etc. Los resultados son evidentes: enorme éxito deportivo y ejemplo de comportamiento ciudadano (en medio de la barbarie vivida en algunas ciudades francesas) tanto en el campo como en la distancia. 

Me encanta su ejemplo de porque refuerza mi convencimiento sobre lo equivocados que están aquellos que piensan que el mayor tamaño de las organizaciones determina su capacidad de competir internacionalmente. 

Lo verdaderamente relevante es tener un tamaño eficiente para generar un proyecto competitivo propio, y que éste se centre en sus capacidades esenciales, se enfoque a segmentos de cliente específicos, se conforme en torno a una visión/proyecto compartido, sea coherente con su identidad (más fácil de preservar y enriquecer en organizaciones más pequeñas)  y que aporte a sus clientes y agentes relacionados, una experiencia única,  que crea una barrera para la actuación de los competidores.

Espero que los aplausos y reconocimientos obtenidos por los islandeses nos inviten a quienes formamos parte de empresas pequeñas, a profundizar en la especificidad de nuestros proyectos empresariales con más compromiso que nunca, siendo conscientes que “lo pequeño es hermoso y poderoso”.

Puede seguir el artículo en El Economista.

 

 

Sabin Azua

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