¿Por qué no gustan las grandes empresas?

Recientemente se valoraba en prensa la gestión de distintas instituciones y colectivos profesionales. Revisando el ranking me sorprendió notablemente que las pymes obtuvieran una nota altísima en la valoración de la ciudadanía mientras las grandes empresas suspendían y las multinacionales sacaban un muy deficiente (en terminología de mi época de escolar). Esta encuesta, una más de tantas, pone sin embargo de relieve un tema que he detectado en conversaciones con amigos e incluso con otros profesionales y que me inquieta. ¿Por qué valoramos tan bien a las pymes y sin embargo las grandes empresas no despiertan tan buena consideración?

Es innegable que un tejido empresarial denso, equilibrado y competitivo es clave para una economía, como bien ha demostrado, por su ausencia, la crisis que padece España. Y el papel de las pymes es fundamental. Sin embargo, no se puede negar la importancia de las grandes empresas en términos de generación de empleo, contribución al PIB y a las Haciendas. Además de considerar sus efectos tractores sobre las pymes de una región, sobre la sofisticación de los sistemas y prácticas de gestión o sobre la formación de equipo directivo cualificado y sobre la capacidad de I+D de un territorio.

Resulta sorprendente que a la ciudadanía no le gusten las empresas grandes, y que sin embargo la política industrial de los gobiernos intente lograr el crecimiento de las pymes para que superen determinadas carencias propias de su tamaño y que las hacen menos competitivas internacionalmente.

No entiendo que a todos nos llene de orgullo que un determinado deportista o equipo triunfe en el exterior y tenga repercusión mediática internacional y que sin embargo no aplaudamos masivamente a los empresarios y equipos directivos que, superando dificultades, han sido capaces de crecer y construir empresas sólidas, competitivas y referentes en sus respectivos sectores.

Resulta también contradictorio que no se valoren las empresas grandes propias y que siempre pongamos como ‘excusa’ de la mejor posición relativa de algunos vecinos del Norte de Europa el hecho de que tienen empresas grandes, competitivas, multinacionales.

Puede haber distintas razones que expliquen esta situación. Al crecer e implantarse internacionalmente, quizás las sentimos menos ‘nuestras’ y no nos damos cuenta de que su presencia en nuestra región es igual o más alta que antes, tal vez en otras actividades pero en definitiva igualmente presente.

Puede ser que nos vengan a la imaginación casos de sueldos millonarios y ‘dudosa’ gestión, por todos conocidos. Incluso que no tengamos una imagen clara de cuáles son y qué tipos de empresas incluye el término. Si pensamos que las empresas grandes poseen un volumen de facturación superior a 50 millones de euros, se nos ocurren múltiples ejemplos de nuestro entorno en sectores como energía, maquina herramienta, automoción, transporte, etc. que individualmente valoramos positivamente y admiramos.

Quizás persistan ciertos prejuicios asociados a la visión de empresa grande como ‘explotadora’, lo cual es difícilmente demostrable, pues en mi experiencia las condiciones de trabajo no son peores en estas empresas, sino que suelen ser las que más han avanzado en temas como conciliación laboral y familiar.

En definitiva, no sé cuál puede ser la razón de la limitada valoración de las grandes empresas, pero resulta difícil de entender. Más bien deberíamos presumir (igual que hacemos con nuestro equipo de fútbol o los monumentos de nuestra ciudad) de nuestras grandes empresas, en cuyas historias suelen existir ejemplos de esfuerzo colectivo y sana ambición.

*Publicado en El Economista, 06/11/2012

Beatriz Tejedor

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