¿Podemos seguir queriendo a Europa?

Recientemente celebrábamos el Día de Europa. Normalmente es una fecha que nos mueve a recordar posvitivamente nuestra vinculación con un proyecto compartido que pretende ser referente para el resto del mundo. Históricamente me he sentido orgulloso de la civilización europea y he sido un firme partidario de la integración europea como mecanismo de avance para nuestra sociedad.

Pero debo confesar que a día de hoy tengo más dudas que certezas sobre la viabilidad del proyecto europeo. Los motivos que me llevan ello son muchos, y de diferente naturaleza: la actuación que hemos tenido durante el largo período de crisis económica que nos ha tocado vivir, la desoladora política en relación con los refugiados y el tratamiento de los conflictos en origen, la falta de un modelo social que realmente potencie la libertad y la cohesión social, el auge de fuerzas xenófobas y detractoras de las conquistas sociales, la falta de visión competitiva, el escaso respeto por el derecho a decidir de las naciones sin estado, etc., Todo ello pesa en la conexión con este proyecto, indudablemente, y atendiendo a estas razones, no debería tener otra actitud que desvincularme del proyecto europeo que se está construyendo.

Me niego a aceptar estos hechos como definitivos. Creo que una Europa diferente es posible si la cimentamos sobre los principios, los valores y los ideales que han presidido la lucha de una infinidad de europeos por configurar un mundo mejor para nuestros conciudadanos, siendo solidarios con el resto de pueblos del mundo. No es el proyecto europeo el que está fracasando, es la perversa gestión del mismo lo que lo está haciendo poco atractivo, injusto y anti competitivo para la ciudadanía.

Reivindiquemos una nueva Europa a crear entre todos, sobre la base de la recuperación de sus valores originales: la búsqueda de una sociedad cohesionada, cimentada sobre una fuerte capacidad de generación de riqueza, que favorece la igualdad de oportunidades y la solidaridad, respetuosa con las libertades individuales y colectivas, integradora de la increíble variedad multicultural que la conforma, solidaria con otras áreas del mundo, activamente generosa para dar cauce a la participación de todos los pueblos que la componen en un proyecto compartido, etc.

Tenemos que generar un movimiento que potencie una Europa dinámica, solidaria, que integre las políticas de mejora de la competitividad en el centro de su accionar político: un marco que impulse mecanismos de generación de riqueza de forma estable y dar batalla por reducir las desigualdades en Europa y en el mundo. Me gustaría poder reivindicar “Yo soy europeo” desde la emoción, pero también desde la razón. Sería bueno para las y los ciudadanos europeos y del resto del mundo.

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Sabin Azua

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