Guggenheim Bilbao no existiría

A algún lector le podrá sorprender el título del artículo ya que hoy existe un consenso mayoritario sobre el éxito incuestionable de la apuesta realizada por nuestro país para desarrollar el Proyecto Guggenheim Bilbao. No debemos olvidar, sin embargo, que en su fase de gestación sufrió una feroz crítica por parte de la mayoría de los agentes sociales, políticos y económicos de nuestro entorno.

La génesis del Museo Guggenheim se asienta sobre la arriesgada apuesta de unas instituciones públicas que tuvieron la visión y la valentía de incorporar una estrategia de promoción de una nueva actividad generadora de una imagen paraguas para mostrar la voluntad de posicionarnos en el entorno internacional, generar sentido de orgullo y pertenencia en la ciudadanía y, aplicar nuevas dinámicas de actividad económica, apoyando la transformación de Bilbao.

Y no olvidemos el contexto. La decisión de acometer el proyecto se realiza en una situación de profunda crisis económica, con unos niveles de desempleo elevadísimos, con muchas empresas en situación de crisis, con una presencia lacerante de la violencia en nuestro país, etc. Es por ello que debemos poner en valor aquella apuesta realizada por los representantes de las instituciones.

Un rasgo que hace diferente este proyecto es que además de las consignaciones presupuestarias para la construcción del Museo, se dotó de un compromiso de largo plazo para la financiación de sus actividades, se consiguió involucrar a muchos agentes privados, se apoyó sobre una capacidad de gestión adecuada, etc. Cuántos proyectos de nuevas infraestructuras fracasan por no prever las necesidades derivadas de su gestión y permanente actualización!

Mi reflexión se centra en la cuestión: ¿Qué pasaría hoy si se diera una oportunidad semejante a la que surgió con el Guggenheim? ¿Realizaríamos una apuesta por su materialización? Creo sinceramente que el proyecto no se llevaría a cabo, debido al entorno socio-político en el que estamos inmersos.

Estamos instalándonos peligrosamente en una cultura y una praxis sobre las que se asienta esta afirmación que preconiza que los gobiernos no deben hacer apuestas de desarrollo que conlleven un riesgo, y que por el contrario, deben centrarse en atender las necesidades sociales del día a día, deben  gestionar con un concepto de concurrencia en ocasiones mal entendido, etc. La ciudadanía prefiere servidores públicos que sean administradores y no directivos que contribuyan a construir el futuro. Como señaló Robert Kennedy: ”Construir un futuro mejor es la única razón de actuar de los gobiernos”.

Puede seguir el artículo en El Economista.

Sabin Azua

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