¿Es distinta la empresa competitiva de la la empresa solidaria?

Hace unos días tuve la ocasión de participar en un encuentro organizado por Alboan (ONG de la Compañía de Jesús) y la Deusto Business School en unos diálogos titulados: “Por una empresa más humana” en el que confrontábamos experiencias vividas en proyectos empresariales de América Latina (surgidos desde la economía solidaria) y proyectos nacidos en Euskadi en el marco competitivo en el que nos movemos habitualmente.

A priori parece que la unión de estos dos mundos diferentes es difícil, ya que tienen poco en común. Por un lado, todos entendemos que los proyectos que nacen desde las comunidades indígenas, fundamentalmente centrados en la supervivencia, necesitan un refuerzo empresarial que comunique estas realidades con los mercados. Cada vez son más los proyectos de esta naturaleza que huyen de la vieja concepción del comercio justo como única opción, ya que comprenden que la primera necesidad es convertir estas empresas en entes competitivos y sostenibles.

Ahora bien, estos proyectos nos dejan muchas enseñanzas para las empresas convencionales que, bien aplicadas, redundaría en una mejora competitiva de nuestras organizaciones: el respeto a la identidad de las comunidades donde nacen y se desarrollan, la vertiente solidaria para con las personas de su entorno, la voluntad de establecer un compromiso intergeneracional que vertebre a la comunidad con el proyecto, la necesidad de cooperar con otros agentes para adaptarse a realidades culturales, sociales y económicas de los mercados donde quieren competir, el reparto equitativo de las rentas generadas, la defensa del territorio, etc.

Esta convivencia con proyectos empresariales surgidos desde las comunidades indígenas me hace reflexionar: ¿son nuestras empresas antitéticas de este modelo? En caso afirmativo, ¿podrán seguir siéndolo en el futuro? Yo creo que en realidad son dos prismas del mismo objeto. Las empresas que compiten en los mercados globales tienen que tener, cada vez más, los mismos rasgos de la economía solidaria.

Tenemos que ser conscientes de que la empresa tiene una finalidad social primaria en la generación de riqueza y empleo, y en la generación de proyectos sostenibles en el tiempo. Pero a la vez debe tener en cuenta la vinculación con su entorno, la inserción en las diferentes identidades de los mercados en que desarrolla su actividad, la promoción de la comunidad en que se inserta, el reparto equitativo de rentas, etc. Es decir: no hay empresas competitivas sin un enfoque social y solidario de su actividad.

A la hora de abordar nuestras experiencias empresariales en otras comunidades tengamos en cuenta la cultura y la identidad de esos territorios. Hoy leía una frase en Facebook que sintetiza la diferencia de percepciones sobre un mismo hecho: “En América ya existían civilizaciones. No fue descubierta, fue invadida y saqueada”. No continuemos con esta práctica en nuestra mente. 

Puede seguir el artículo en El Economista.

Sabin Azua

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