La gestión del Capital Intelectual, un instrumento al servicio de la competitividad de las organizaciones

La creciente complejidad de la dinámica de la competitividad empresarial obliga a las empresas a desarrollar estrategias de diferenciación frente a sus principales competidores para obtener fuentes de ventaja competitiva sostenibles en el largo plazo. Es evidente que las fórmulas de éxito que se siguieron en el pasado resultan inadecuadas para hacer frente a los nuevos retos. Como dijo acertadamente Albert Einstein, “se requieren nuevas formas de pensar para resolver los problemas creados por las viejas formas de pensar”.

La empresa de nuestros tiempos deberá moverse en un entorno radicalmente diferente a aquel en el que hasta ahora ha vivido, entrando de lleno en la Sociedad del Conocimiento.

Aquellas compañías que mejor gestionen su capacidad de aprendizaje serán las que más probabilidades de éxito tengan en su anticipación y adaptación al cambio. Las empresas deben hacer de la innovación y la creatividad elementos intrínsecamente ligados a su estrategia y a su praxis diaria y desarrollar capacidades para desaprender el conocimiento obsoleto existente.

Las empresas que quieran ocupar un lugar destacado en el nuevo marco competitivo deberán, en mi opinión, poseer una adecuada combinación de las siguientes características: visiones estratégicas ilusionadoras; proyectos de futuro compartidos por la organización; estrategias centradas en la potenciación de las competencias esenciales y en los elementos de diferenciación frente a los competidores; gestión eficiente y eficaz de los activos intangibles de la organización; capacidad de innovación y cambio permanente; dominio de las tecnologías de la información y la comunicación; desarrollo integral de las personas de la organización; liderazgo transformacional; capacidad de interacción con el entorno; flexibilidad y adaptabilidad de las estructuras organizativas.

Si es verdad que el entorno empresarial está sufriendo una profunda transformación debe ser cierto que las transformaciones empresariales requieren la aplicación de nuevas herramientas de gestión. Necesitamos diseñar y aplicar nuevos elementos, como la gestión del capital intelectual que movilicen a la empresa hacia la diferenciación.

El capital intelectual puede definirse como “el conjunto de activos de una sociedad que no están reflejados en los estados financieros tradicionales de las empresas, pero que generan o pueden generar los beneficios futuros, es decir, son los activos intangibles de la empresa sobre los que deben sustentarse las estrategias de diferenciación, así como la capacidad de aprendizaje y mejora continua.

Partiendo de la premisa de que el objetivo fundamental general de las organizaciones es generar beneficios futuros para sus accionistas, clientes, empleados y la sociedad, si queremos definir un modelo de capital intelectual, debemos considerar como punto de partida indiscutible la aportación de los individuos de la organización, que son los verdaderos motores del proceso de creación, captación, difusión, ampliación y reutilización del conocimiento en el seno de las empresas.

Es preciso señalar que la dinámica competitiva de las organizaciones está determinando unos esquemas de gestión en los que el cambio y el aprendizaje permanentes son el motor de desarrollo de sus competencias esenciales. La competitividad de las empresas no está vinculada a los elementos tangibles; son aquellos elementos relacionados con las capacidades y las actitudes de los trabajadores, el liderazgo organizacional, la cultura y los valores de una organización, la conectividad, la capacidad de cooperar con otros agentes, etc. los que realmente favorecen’ la competitividad de las organizaciones, contribuyendo a alcanzar el desarrollo sostenido.

A mí me gustaría que los empresarios y directivos reflexionaran sobre la importancia de la medición y gestión del capital intelectual, tomando como base las tendencias principales de la nueva economía y los retos que suponen para las organizaciones de nuestro entorno:

  • Los procesos se están haciendo cada vez más complejos. La capacidad de las organizaciones de rediseñar y dotar de flexibilidad a sus procesos de soporte y de negocio será una fuerte competitividad con vistas al futuro.
  • Los productos y los mercados están mutando de lo tangible a lo intangible. La nueva economía trae aparejada la digitalización, es decir, la separación de la función y la forma; se están rompiendo los canales habituales de comercialización y la relación entre las empresas y entre éstas y los clientes se va a transformar permanentemente.
  • Los límites de las industrias están cambiando desde una conceptualización estática hacia una forma más dinámica. Es cada vez más difusa la relación entre los participantes en una industria, ya que vivimos la esquizofrenia de la competencia, donde un competidor puede ser -simultáneamente- cliente, proveedor, aliado, prescriptor, financiero, etc.
  • Los clientes se están volviendo cada vez más exigentes y menos leales. Las opciones que brinda la nueva economía, el coste de cambio a proveedores alternativos, el establecimiento de estándares muy elevados de servicio por parte de los pioneros de la industria, el acceso de los consumidores a información casi perfecta,… están generando rupturas en las relaciones tradicionales con los clientes, por lo que la capacidad de las empresas de fidelizar a sus clientes se convierte en un capital básico para el desarrollo de su competitividad.
  • La durabilidad de las ventajas competitivas se reduce sustancialmente. La habilidad de una organización para redefinir nuevas fuentes de competitividad es vital para el desarrollo armónico de la empresa y para potenciar su capacidad de generar beneficios futuros.
  • Los tiempos y los espacios se reducen significativamente. La habilidad para llegar más rápido y con menos intermediarios se convierte en un capital relacional fundamental para el desarrollo de la empresa.
  • Es imprescindible trabajar en red. Los nuevos tiempos están fortaleciendo la necesidad de establecer mecanismos de gestión en los que la empresa se concentre en sus competencias esenciales (que estarán evolucionando permanentemente) y colabore de forma eficiente con una constelación de agentes.

Es en este marco donde las empresas necesitan encontrar mecanismos que faciliten el aprovechamiento de los activos intangibles de la organización como fuente de diferenciación frente a sus competidores, buscando soluciones imaginativas tendentes a aprovechar las capacidades individuales de los miembros de la organización y su transformación en sistemas y mecanismos de gestión que contribuyan a la generación de valor para la organización.

En línea con lo que expresan Leif Edvinsson y Michael S. Malone en su libro “El Capital Intelectual. Cómo identificar y calcular el valor de los activos intangibles de la empresa“, es necesario señalar que una organización que gestione y evalúe eficazmente el capital intelectual deberá establecer mecanismos e indicadores de gestión que faciliten el desarrollo de tres elementos esenciales en las organizaciones: la empleabilidad de las personas que las integran; la estructurabilidad de las filosofías, los valores y los sistemas de gestión; y la relación de la empresa con los agentes con los que interactúa.

La mejora de la empleabilidad de las personas es un reto creciente para las empresas, que deben articular sistemas y prácticas de gestión que faciliten el desarrollo de la capacidad de aprender de los individuos, de favorecer activamente su capacidad de creación e innovación y de alinear su talento personal con las competencias esenciales de la organización.

La permanente estructurabilidad del conocimiento en la organización constituye una exigencia de actuación para todas las empresas que gestionan su capital intelectual. La transformación de las capacidades inherentes a los individuos en mecanismos de gestión compartidos por el conjunto de la organización debe constituir una de las tareas fundamentales de la dirección de la empresa. Se trata de obtener fuentes de diferenciación que deriven de la solidez de los rasgos culturales y la filosofía del negocio, los sistemas de gestión, las rutinas de trabajo, la comunicación interna, el intercambio de conocimiento dentro de la organización, la cohesión del equipo directivo, la tecnología, etc.

La mejora de la relación de las empresas es el elemento en el que debe confluir la gestión de los activos intangibles de una organización, mejorando la capacidad de interactuar con sus clientes, de involucrarlos en la gestión y de establecer pautas de fidelización, buscando mecanismos de mejora del valor de la marca, favoreciendo la conectividad, etc. Es una nueva forma de actuar basada en la ruptura de las barreas limítrofes de las industrias.

Cada empresa debe desarrollar su propio modelo de gestión del capital intelectual, que debe estar profundamente vinculado con su estrategia. El modelo debe ser abierto y flexible para favorecer su adaptación a los cambios de la empresa y del entorno, debe estar orientado a la medición de resultados y de los procesos que los generan, y debe combinar adecuadamente el presente y el futuro, los factores internos y externos de la organización, y el conocimiento tácito y explícito existente.

Son varias las ventajas que puede experimentar una empresa como consecuencia de apostar por la gestión y medición de los activos intangibles:

  • Desde el punto de vista interno, favorece la necesaria reflexión sobre el papel de los intangibles en la estrategia de la empresa como elemento de diferenciación; genera una nueva cultura centrada en la gestión de los talentos de los trabajadores y en su capacidad de incorporar conocimiento a la organización; pone el énfasis en la apertura al entorno como mecanismo de gestión; ayuda a integrar indicadores de gestión que se encuentran dispersos a lo largo de la organización y ofrece un mecanismo eficaz que formaliza el despliegue estratégico en la vertiente financiera, en la adaptación a los retos de la nueva economía y en la mejora del valor de los intangibles.
  • Desde el punto de vista externo, la utilización del capital intelectual permite a la empresa informar al mercado, a sus posibles colaboradores y a su red de aliados sobre su potencialidad para generar beneficios en el futuro y para crear valor de forma sostenida en el tiempo; complementa la información de la que actualmente disponen todos los agentes relacionados con la empresa y, finalmente, contribuye a definir una imagen de empresa más abierta, innovadora y aprended ora en el mercado).

 

*Publicado en el libro "Conocimientos clave para la gestión de tecnología e innovación" (Libro editado por Cluster del Conocimiento y Tecnalia)

Sabin Azua

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