Una posición personal: Dejemos de sacralizar el déficit público

Asisto perplejo a la permanente apelación a la necesidad de contener el déficit público como una de las panaceas para salir de la situación de crisis en la que nos encontramos. Desde diferentes agentes políticos, económicos y financieros se estigmatiza a todo aquel que no comulga con la opinión generalizada de la necesidad del equilibrio financiero. Desde mi ignorancia en materia de política económica, pero en mi condición de ciudadano, me rebelo contra esta política que no ofrece soluciones tácitas para generar mecanismos de salida de la crisis.

Tomemos como un ejemplo la pasada celebración del debate sobre el Estado de la Unión en Estados Unidos donde el Presidente Barack Obama apelaba a los miembros del Congreso a no materializar los nuevos recortes que se proponían desde algunas esferas políticas y financieras, diciendo “estos recortes no son inteligentes. Diría más, son injustos. Añadirán cientos de miles de americanos a las listas de desempleo. Esto no es una abstracción: los ciudadanos perderán su empleo”.

Lo hacía para justificar su voluntad de aprobar nuevas medidas tendentes a favorecer la inversión en nuevas infraestructuras físicas e inteligentes, el refuerzo de la calidad del sistema educativo, el desarrollo del Made in America para potenciar la industria manufacturera como mecanismo de creación de empleo y bienestar, la promoción del consumo, la contención de la pérdida de disponibilidad de rentas de los ciudadanos, etc.

Resulta sorprendente que un país como Estados Unidos, con un déficit del 9,1% (sólo superado por Grecia y Egipto) sea el promotor y movilizador en los diferentes organismos internacionales económicos (FMI, World Bank, G20, etc.) y de sus entidades financieras, de iniciativas para promover e imponer la aplicación de medidas de contención del déficit en otras geografías, entre ellas Europa, donde se ha alcanzado la complicidad de las instituciones públicas consideradas globalmente.

Que me perdonen los economistas ortodoxos, pero yo discrepo de la política de austeridad desmedida, de la contención de la inversión en infraestructuras, de la falta de disponibilidad de crédito a las empresas y familias, etc., a pesar de que es verdad que debemos racionalizar el gasto y eliminar los despilfarros que se han producido aprovechando la corriente de crecimiento económico vivida en épocas pasadas.

Pero, sinceramente me cuesta entender cómo vamos a salir de la situación de crisis y de frustración y emergencia social en la que nos movemos, generando empleo y bienestar, si las políticas que implantamos son anoréxicas. Están reduciendo la capacidad de respuesta de la sociedad a su mínima expresión.

Las políticas actuales nos llevan a deteriorar las condiciones de vida de miles de ciudadanos por la falta de recursos para hacer frente a los crecientes niveles de marginación social, a desincentivar los procesos de creación de riqueza por parte de las empresas, a congelar la inversión pública en niveles cercanos a la nada, a desmotivar a los jóvenes en su incorporación al mercado laboral (promovemos que emigren en busca de oportunidades), etc.

Cómo decía Groucho Marx: “contra la depresión, alegría y corazón”. Necesitamos movilizar a la sociedad con un mensaje de superación de la situación actual, articular propuestas de crecimiento y generación de riqueza, promover el consumo y la mejora de las rentas disponibles de acuerdo a las necesidades sociales e impulsar una reforma fiscal al servicio de la redistribución de la renta y promotora de nuevos comportamientos sociales y económicos.

* Publicado en El Economista, 04/03/2013

Sabin Azua

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