Nos han robado el libro de instrucciones

La situación creada por la pandemia en todos los órdenes de la vida nos ha generado una sensación de orfandad para acometer el futuro. La incertidumbre sobre la capacidad de contención de la emergencia sanitaria, la implacable destrucción de pilares económicos y sociales que conlleva, la incidencia sobre las desigualdades sociales, la incertidumbre en cuanto al futuro, son algunos de los elementos que provocan desazón a la hora de configurar nuestras estrategias empresariales. Y no son los únicos.

Nunca nos habíamos enfrentado a un entorno tan poco previsible e inestable como éste para poder definir nuestras estrategias empresariales. El libro de instrucciones que utilizábamos para configurar nuestros planes se nos ha quedado obsoleto – es como si en la caja de un Lego de Harry Potter encontrásemos un manual del de la Guerra de las Galaxias, con la consiguiente desazón incluso para las manos más hábiles en este campo -, y sin embargo observo que una gran parte de los proyectos empresariales siguen empeñados en continuar las indicaciones del manual de instrucciones de la caja, lo que garantiza que terminaremos montando un oxímoron, como diría el Profesor Henry Mintzberg.

Tras sufrir el deterioro producido por la crisis financiera de 2008, estábamos instalados en un proceso de crecimiento relativo y de cierta estabilidad en los mecanismos de generación de competitividad empresarial, no por ello sin ser conscientes de la profunda transformación que sufrían muchas industrias y la compleja inserción internacional de las empresas en ese contexto. Pero todo ello venía en el manual, es decir, estaba dentro de la lógica evolución de los mecanismos intrínsecos de la competencia empresarial.

Es verdad que a todos se nos llenaba la boca hablando de la necesidad de transformarnos, de incorporar tecnologías digitales a nuestras organizaciones, de regenerar los modelos de participación y gestión de las y los trabajadores, de la necesidad de acompañar la transición energética y la lucha contra el cambio climático, etc. La sensación que teníamos era que, aunque estas variables eran complejas de abordar, nuestro libro de instrucciones contemplaba mecanismos para encarar estos retos empresariales. Nuestros proyectos combinaban un sentido de cierta continuidad con apelaciones a la innovación y a la búsqueda de nuevos mecanismos de actuación.

La tan utilizada y manida frase de Heráclito: “Nada es permanente más que el cambio” por fin se nos ha presentado con toda su crudeza. Hoy podemos decir sin temor a confundirnos que son más las incertidumbres que las certezas, que el mundo empresarial y social no van a ser iguales a los que hemos vivido, que aceleraremos procesos de transformación en marcha y, que la experimentación y capacidad de adaptación al nuevo mundo van a ser esenciales.

En medio de la tormenta sanitaria, social y económica que vivimos no voy a ser tan inconsciente como para menospreciar el tremendo impacto de la crisis en las personas y en la sociedad. El impacto en nuestro estado de bienestar es de tal calibre que dedicaremos años a paliar sus consecuencias. Esta situación nos provoca fragilidad, una pérdida de seguridad en nuestros esquemas vitales, una pérdida de expectativas de futuro para una parte importante de la sociedad, y nos interpela en nuestro compromiso solidario, la autorresponsabilización y la cooperación.

Pero si creo que hoy cobra más relevancia el proverbio chino: “Ojalá te toque vivir en tiempos interesantes”, actuando como acicate para el desarrollo de la imaginación, la búsqueda de oportunidades en medio del borrascoso panorama de futuro, y la apuesta por la consolidación de los proyectos empresariales.

Creo que a las empresas nos refuerza en nuestro compromiso con la generación de riqueza para poder acompañar el desarrollo económico y social de nuestro país, pese a la agobiante situación creada por la pandemia y su impacto en la actividad empresarial. Tenemos que ratificar nuestro compromiso con el futuro y adaptarnos a los nuevos entornos que nos tocan vivir. Hay otro proverbio para este tiempo: “El presente es confuso, el futuro perfecto”.

Muchas empresas consideran que el nivel de incertidumbre es de tal calibre que no vale la pena hacer planteamientos estratégicos de futuro, y que solo pueden mantener una actitud de monitorización y adaptabilidad constante. Siendo estos argumentos válidos, me parece que condicionan en exceso los proyectos empresariales, y creo que es más necesario que nunca fijar estrategias empresariales con un sentido de dirección claro, generando mecanismos que favorezcan la adaptabilidad y la experimentación constante.

En mi opinión hay que afrontar el futuro utilizando una caja de piezas de Lego (no el libro de instrucciones de una construcción concreta) y aprender a combinar los bloques adecuadamente para configurar el proyecto empresarial de futuro. Tenemos las piezas suficientes, pero hay que escoger las adecuadas y encajarlas en función del nuevo mundo al que nos enfrentamos.

Yo animaría a las empresas a generar proyectos empresariales de futuro – pese a todo lo referido previamente – combinando y adaptando las piezas que tenemos en cada organización. La placa base, o al menos sus componentes principales son: poner en juego nuestras competencias esenciales como base para el plan de futuro, buscar nuevas formas de inserción internacional adaptadas a la realidad cambiante, aprovechar la ruptura de las cadenas globales, el intraemprendimiento como mecanismo de experimentación e innovación constante, incorporar tecnologías transversales a todos los ámbitos de la organización, transformar la responsabilidad social corporativa en proyectos de valor compartido con la sociedad, buscar proyectos compartidos (participación, empleo de calidad y corresponsabilidad) y, adaptar las nuevas formas de trabajo, entre otras.

Si algo ha dejado patente la pandemia es que el desafío solo puede ser confrontado desde la cooperación. Nadie va a ser capaz de abordar el proyecto empresarial de futuro en solitario. Hoy más que nunca necesitamos empresas que, desde sus competencias esenciales, sean capaces de interactuar con todo su ecosistema para completar sus piezas de Lego con las de otros agentes y promover, conjuntamente, estrategias empresariales sostenibles.

 Artículo publicado en la Revista País Vasco de El Economista

 

Sabin Azua

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