Transformar las empresas en organizaciones emprendedoras

La necesidad de nuevos modelos de generación de riqueza y las transformaciones sociales han situado en el epicentro de la actividad económica la figura del Emprendedor como uno de los elementos a promocionar. Habitualmente la sociedad discrimina entre el emprendedor individual, quien se asocian todas las bondades del sistema, y la o el empresario y directivo de las empresas convencionales, a quienes en amplios estratos de la sociedad se denosta y menosprecia sin ninguna consideración.

En mi opinión, hemos cargado excesivamente el peso de la búsqueda de nuevas alternativas de desarrollo empresarial en el emprendimiento individual y nos hemos olvidado del enorme potencial que el emprendimiento corporativo tiene para generar riqueza y sostenibilidad de los proyectos empresariales. Es por ello que me gustaría reivindicar el llamado emprendimiento estratégico como una de las claves para desarrollar una sociedad más competitiva.

En Euskadi tenemos una fuerte dependencia económica de dos de los sectores donde los procesos de transformación que están alterando la dinámica competitiva de las empresas son más notables: la movilidad (con impacto tremendo sobre nuestro sector de automoción) y la transición energética (que afecta a nuestras empresas de generación de energía y equipos eléctricos). Para hacer frente a los desafíos de adaptación a los nuevos paradigmas de la industria es urgente establecer en las empresas dinámicas permanentes de innovación, diversificación, emprendimiento y activación del ecosistema de agentes vinculados con la competitividad.

Los mercados se están transformando a gran rapidez y con enormes disrupciones competitivas, lo que hace imprescindible la vivencia de una cultura y una praxis de emprendimiento colectivo en las empresas que potencie su capacidad de anticipación y adaptación.

En ese contexto surge una pregunta: ¿están nuestras empresas preparadas para acometer este reto con garantías de éxito? La respuesta, como en la mayoría de los casos, no es única ni común a todas las empresas. Sin embargo, me atrevo a sostener que tenemos mucho que aprender en este campo para dar respuesta a las profundas transformaciones del nuevo orden económico de la mayoría de las industrias. El nuevo entorno es cada vez más complejo, exploratorio y diverso, con lo que algunas de las fórmulas antiguas para competir se han vuelto obsoletas. Nos encontramos en la situación descrita por Mario Benedetti: “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas”.

Existen barreras que tenemos que superar si queremos ser competitivos en este nuevo mundo: la pérdida de cultura emprendedora y un cierto acomodo de la sociedad que dificulta la asunción de nuevos riesgos empresariales; nuestra concentración en procesos industriales, que nos alejan de los clientes finales que suelen ser fuente de inspiración de las innovaciones y procesos de diversificación hacia nuevos negocios; la fuerte focalización en las estrategias de corto plazo y frente a la preparación del futuro; y un modelo de organizaciones rígido que dificultan los procesos de innovación y generación de nuevas ideas y mecanismos de desarrollo del emprendimiento empresarial.

Cómo decía Robert Kennedy “construir un futuro mejor es la única razón de actuar de los dirigentes”. En ese entorno, una de las tareas fundamentales de empresarios y directivos es propiciar mecanismos de desarrollo de organizaciones ambidiestras que, al unísono, exploten los negocios actuales y, exploren las oportunidades de futuro, y que lo hagan de forma sistemática. Es lo que David A. Aaker, Profesor de Berkeley University, definió como “gestionar el presente, preparando el futuro”.

Precisamente, es en este marco en el que preparamos el futuro de la organización donde debemos insertar la tarea constante de fortalecer la cultura emprendedora de nuestras empresas, con mecanismos de gestión que potencien el aprovechamiento de las capacidades y las competencias internas de las personas de la empresa y su compromiso con la exploración y desarrollo de nuevas oportunidades de negocio. Debemos crear y alimentar espacios o ambientes propicios para la innovación en todas las áreas de la empresa, acercando a nuestras personas a las nuevas tecnologías y agentes del ecosistema, para así identificar nuevas ideas e impulsar proyectos de futuro.

Si no queremos que se acrecienten nuestras dificultades para sostener las ventajas competitivas en el futuro, ni vernos desplazados de nuestra posición en el mercado por actores irreverentes o más innovadores, es decir, si no queremos formar parte del grupo de empresas en riesgo de supervivencia (con ratios de mortandad empresarial cada vez más amenazantes), tenemos que transformar nuestra cultura empresarial y hacerla mucho más emprendedora, inconformista, y ambidiestra, capaz de asumir mayores riesgos y, abierta a la colaboración, para asegurar que será capaz de adaptarse a nuevas oportunidades y cambios del entorno.

Me gustaría animar a las empresas a revisar sus estrategias de futuro desde la óptica del refuerzo de la capacidad emprendedora de su organización buscando y el fortalecimiento de la competitividad ante un posible agotamiento de su modelo de negocio (causa bastante común del deterioro de la competitividad empresarial). Animar, por lo tanto, a la exploración sistemática y permanente de vías nuevas de crecimiento, innovación y diversificación empresarial, de respuestas específicas a necesidades cambiantes de segmentos concretos de clientes, a la búsqueda de mecanismos de adaptación estratégica al nuevo contexto, irrupción de nuevos competidores, transformaciones tecnológicas, etc.

Siendo un poco sacrílego me gustaría terminar animando a la transformación de la cultura emprendedora de las organizaciones recordando algunas de las consignas que quedaron inmortalizadas en los grafitis del Mayo del 68 de París: “Innovemos rompiendo las cadenas interiores”, “Olvídense de todo lo que han aprendido, comiencen a soñar”, “Es necesario explorar sistemáticamente el azar”. Convirtámonos en militantes del emprendimiento en nuestras organizaciones.

Puede seguir el artículo en El Economista.

 

Sabin Azua

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