El lugar donde se viven y gestan ideas transformadoras

Al dar la vuelta a la última hoja del calendario y empezar a mirar el nuevo año que comienza nos surgen pensamientos positivos que suelen generar nuevas iniciativas. Es por ello que he tomado prestada la frase que corona este artículo del libro “Un México Posible” de mis buenos amigos José Antonio Fernández Carbajal y Salvador Alva que engloba todo un ideario de vida para las empresas y las personas.

El mundo se nos está haciendo cada vez más complejo. Pese a alcanzar los mayores niveles de desarrollo y bienestar que ha tenido nunca la Humanidad, siguen produciéndose enormes desigualdades sociales en todos los ámbitos de la vida, se vive en un escenario de volatilidad de los modelos empresariales, nos enfrentamos a grandes retos derivados del cambio climático y la sostenibilidad de la vida en el planeta, asistimos a un creciente envejecimiento de la población (en el caso de Europa), nos enfrentamos a una profunda revolución en los comportamientos sociales, etc. Estos hechos nos imponen estrategias y praxis orientadas a la transformación y no a la mera evolución de los planteamientos.

Existe un profundo agotamiento de las fórmulas tradicionales de actuación, tanto en lo público como en lo privado. Es por ello que, en mi opinión y de acuerdo con la frase que ilustra este artículo, no nos queda más remedio que convertir nuestros ámbitos de actuación en campos de experimentación que estén presididos por la búsqueda de modelos, ideas y esquemas de gestión innovadores y transformadores que contribuyan a mejorar el bienestar de la Comunidad, desde las diferentes perspectivas de cada uno de los agentes socio-económicos y políticos.

Hace unos años estuvo de moda la gestión del conocimiento y del capital intelectual. El aprendizaje colectivo, la utilización de los activos intangibles de las organizaciones y de los países era el driver movilizador de los procesos de transformación. Leif Edvinsson, gurú del Capital Intelectual, nos invitaba a “vivir en el futuro” como mecanismo de transformación empresarial. Los jóvenes del movimiento del mayo del 68 nos proponían “ser realistas pidiendo lo imposible”. Estos dos llamamientos a la movilización son, hoy más que nunca, la prioridad de nuestro hilo conductor del proceso de transformación, que parte de configurar una visión aspiracional del futuro.

Si queremos aportar valor a la sociedad, tenemos que romper las barreras que nos imponen nuestros rígidos esquemas mentales y generar mecanismos de creación de ideas disruptivas que creen espacios para la transformación de la sociedad. Sin olvidarnos de los aprendizajes acumulados, debemos liberar la mente, establecer marcos de relación multidisciplinares, instaurar la diversidad y la multiculturalidad como elementos enriquecedores de nuestro pensamiento estratégico y, hoy más que nunca, debemos creer y soñar en un mundo futuro mejor y más solidario.

La articulación de las estrategias empresariales y de las políticas públicas debe orientarse a la superación de retos estratégicos más que a la consecución de objetivos de negocio o sectoriales. Tenemos que superar la dinámica vigente que responde a problemáticas y enfoques muy segmentados para dar lugar a la visión transversal de la consecución de los objetivos de la organización. La “verdadera fuente de innovación de las empresas va a ser la capacidad de aportar soluciones a las problemáticas sociales”, como dice Michael Porter, ese será el mecanismo de transformación más poderoso. Necesitamos generar empresas más atractivas para que las jóvenes generaciones se enganchen a los proyectos empresariales.

En los gobiernos nos encontramos con una situación similar, en la que la dinámica sectorial de gestión vigente no responde a la complejidad y profundidad de las necesidades de la sociedad. Las sociedades occidentales se enfrentan a grandes retos como el incremento de las desigualdades sociales, el cambio climático, el envejecimiento de la población, la transición energética, la movilidad, la calidad de vida y empleo de la juventud, la digitalización y sus consecuencias para la población o, la igualdad de género, etc. y, son todos ellos desafíos que necesitan una visión estratégica, prácticas multidisciplinares y, una organización totalmente diferente.

Necesitamos incorporar la digitalización y la configuración de plataformas en todos los ámbitos de la vida empresarial y social. Esta dinámica ha cambiado y cambiará la naturaleza de las empresas, de la prestación de los servicios públicos, de la interacción entre las personas, de la adquisición y compartición del talento, etc. La digitalización es una palanca fundamental para la transformación social y empresarial que facilita la adopción de proyectos transformadores. Seremos competitivos y alentaremos la cohesión social en la medida en que generemos nuevas prácticas y formas de actuación digitalizadas.

Si queremos convertir nuestro país en un lugar dónde se gesten y vivan ideas transformadoras debemos generar un ecosistema social que facilite la intercooperación entre los diferentes agentes socio-económicos en torno a una dinámica común de mejora de la competitividad y la cohesión social. La participación inteligente y solidaria de estos agentes constituye la base sobre la que transformar los viejos esquemas de gestión. Crear espacios para la creatividad, la curiosidad, la experimentación, y la diversidad, es un elemento esencial para instaurar mecanismos de transformación en empresas y demás agentes socio-económicos y políticos.

En mi opinión, las personas debemos convertirnos en activistas de la transformación de nuestras organizaciones. Necesitamos personas comprometidas con el futuro, con capacidad para soñar, con mente abierta para adoptar nuevas soluciones, para salir de los ámbitos de comodidad y, promover la cooperación y el emprendimiento para lograr una sociedad más competitiva y cohesionada. Esas personas habitan los lugares donde se está forjando nuestro futuro.

Puede seguir el artículo en El Economista.

 

Sabin Azua

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