Nunca caminarás sólo, no debes

Al amparo de los trabajos de reflexión estratégica que me toca afrontar con muchos de nuestros clientes, surge de forma permanente la necesidad de generar un proyecto compartido en el seno de la empresa, que es la expresión de la voluntad de establecer mecanismos cada vez más participativos de gestión y/o propiedad y, de generar un compromiso solidario de sus miembros con el colectivo y con la sociedad.

Es evidente que el mejor acicate para crear un proyecto empresarial sostenible de futuro es conformar una comunidad de personas que afronte el reto de desarrollar la competitividad de la empresa, trabaje solidariamente para alcanzar la excelencia y procure consolidar el proyecto empresarial en el largo plazo.

En los últimos tiempos, en parte fruto de la sensación de inmediatez que parece instalarse en nuestras vidas, asisto perplejo a una degradación de los sistemas de participación de las personas en la empresa. Resulta sorprendente porque nuestro país es uno de los más avanzados en este campo, no solamente por la presencia de las cooperativas y sociedades laborales, sino por los numerosos ejemplos destacados en sociedades anónimas y limitadas.

Me duele especialmente esta circunstancia dado que me considero un firme defensor de la práctica de la participación de los trabajadores en la empresa – adaptada a la identidad y condiciones específicas de cada organización -, como elemento transformador de la realidad empresarial. Las organizaciones deben ser capaces de incorporar a todas las personas de la empresa a la contribución de la creación de valor para la empresa y la sociedad.

Tenemos que cuestionarnos sobre las razones que están provocando este fenómeno, en un momento en que la sociedad está buscando nuevas fórmulas para la economía que pongan a las personas en el centro de las políticas y programas de acción, las instituciones públicas hacen una apuesta sostenida para la promoción de fórmulas de participación en las empresas, las organizaciones patronales y sindicales – sin olvidar sus roles de defensa de los intereses de sus miembros – buscan nuevas formas de mejorar las relaciones laborales, todos intentamos generar modelos de creación y mantenimiento del empleo, etc. 

No podemos permitirnos el lujo de deteriorar el nivel de competitividad de nuestras empresas ante la creciente competencia internacional en un marco de menor esperanza de vida de los proyectos empresariales (de acuerdo con numerosos estudios de escuelas de negocios) y la cambiante dinámica competitiva de la mayoría de los sectores industriales. Entiendo que el compromiso de todos los nuevos miembros de la empresa, es uno de los valores fundamentales para el desarrollo de la competitividad empresarial.

En mi opinión, la situación que estamos viviendo tiene dos caras. Por un lado, las empresas deben generar proyectos empresariales atractivos para los trabajadores y, por  el otro, cada uno de los miembros de la organización tiene que asumir un rol activo en la configuración de la comunidad de personas que impulse el proyecto empresarial de futuro.

Las empresas tienen que asumir el compromiso – en el cumplimiento de las necesarias claves de competitividad de la industria en la que compiten globalmente – de establecer mecanismos que faciliten la implicación y la motivación de las personas en la empresa, promover una mayor autonomía, creatividad y participación en la toma de decisiones, reforzar la comunicación interna construyendo una mayor transparencia, profundizar en la formación de las personas, establecer una adecuada política de distribución de las rentas generadas, establecer espacios para el diálogo y el mantenimiento de conversaciones estratégicas, etc. Es un compromiso profundo, de claras implicaciones.

Por otro lado, es imprescindible que la comunidad de personas que conforma el proyecto empresarial compartido, se nutra y alimente de la contribución individual de cada uno de sus miembros para fortalecer la organización. Necesitamos que todos y cada uno de sus miembros actúen solidariamente en pro de la sostenibilidad del proyecto empresarial de futuro.

Necesitamos que las personas de la organización asuman una serie de valores del proyecto común para poder avanzar en este sentido. Debemos partir de la auto exigencia y la responsabilidad individual sobre la mejora competitiva de la organización, siendo autocríticos con nuestra contribución real al proyecto compartido. Os sugiero que leáis los valores de vuestra organización (siguiendo el ejemplo de una cooperativa con la que hemos trabajado recientemente) en primera persona del singular; esto cambia radicalmente nuestra forma de comprometernos con ellos.

Sea cual sea nuestra posición en la organización, asumamos que nuestro compromiso debe materializarse en mantener una cultura sostenida de esfuerzo y responsabilidad en la ejecución de nuestro trabajo, un compromiso intergeneracional para dejar a nuestros sucesores una empresa mejor de la que recibimos, una aportación de diálogo y colaboración en todos los ámbitos de la organización; mantengamos una actitud de curiosidad, creatividad e innovación que aporte valor a la empresa, etc.

Tenemos que tender a crear organizaciones cada vez más centradas en los valores participativos, pues son – como dice el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz – “la alternativa al modelo económico fundado en el egoísmo y que fomenta las desigualdades, y son las que mejor pueden enfrentar los riesgos de una economía que será cada vez más volátil”.

Siempre he sentido debilidad por la afición del club de futbol Liverpool cuando cantan al inicio de los partidos el “You´ll never walk alone” que da título a este artículo. Tenemos que caminar  juntos, pero se requiere del compromiso, la aportación y la creatividad de todos y cada uno de los miembros de la organización, eso es lo que hace grande a un equipo.

Puede seguir el artículo en El Economista.

Sabin Azua

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