Amor, Tiempo, Muerte

Había pensado escribir el primer artículo de este nuevo año centrándome en los propósitos que solemos proclamar cuando suenan las campanadas y cogemos impulso para afrontar el camino. Sin embargo, me he decantado por hacer una referencia a los tres elementos centrales tratados en la película “Belleza Inesperada”, que he tenido ocasión de ver durante las fiestas navideñas.

Todos los actos humanos están condicionados por el peso y la visión que apliquemos para combinar en nuestro proceder diario el amor, el tiempo y la muerte. La excelente labor del guionista y la adecuada puesta en escena de los artistas me lo recordaron. Y mientras disfrutaba con la película pensé que dichos elementos pueden aplicarse con toda naturalidad a los proyectos empresariales.

La creación de valor en la empresa está presidida por la adecuación de la oferta a las necesidades de los clientes, personalizando su actuación para diferenciarse de los demás, generando una organización comprometida, ilusionada y cohesionada que facilite la mejora de las capacidades y aportaciones de todos los participantes en el proyecto, etc. Y todo esto es lo que representa el Amor en nuestras vidas: compromiso, entrega, pasión, generosidad y futuro.

El Tiempo es quizá uno de los elementos más determinantes de la competitividad empresarial en nuestros días. La intensificación de la competencia internacional y la agilidad de respuesta a las necesidades cambiantes de los clientes condicionan la dinámica de la gestión empresarial. El éxito estará más cerca de las empresas deben responder con agilidad a los cambios en la demanda, acelerar el “time to market” de productos y soluciones, y desarrollar la capacidad de acceder a información y conocimiento rápidamente. Para el ser humano y las empresas, el tiempo es un factor determinante que condiciona todo su proceder.

De forma inexorable, habrá que enfrentarse con la muerte. La forma en que las organizaciones visualizan su trascendencia influye en la generación o no de proyectos empresariales sostenibles en el tiempo, comprometidos con las siguientes generaciones. La mortandad temprana de las empresas se está convirtiendo en un hecho cada vez más habitual condicionando la forma de actuar de los equipos directivos. No debemos dejarnos vencer por esta tendencia, sino que debemos fomentar la conciencia de la perdurabilidad del proyecto y trabajar activamente en ello.

Mi deseo para este nuevo año: que sea la búsqueda de esta “belleza inesperada” la que nos guie a través del viaje cotidiano de la vida personal y empresarial.

Puede seguir el artículo en El Economista.

Sabin Azua

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