Estancamiento secular. Adaptarnos a 20 años de bajo crecimiento tras el período más favorable para nuestras economías

Estancamiento secular. Adaptarnos a 20 años de bajo crecimiento tras el período más favorable para nuestras economías

Podemos estar entrando en un periodo de estancamiento secular que se prolongaría más de 20 años. El agotamiento de factores favorables en las últimas décadas como la inflación, los intereses, el crecimiento global o la globalización de la actividad empresarial, obligarán a familias, empresas y gobiernos a ser más ser prudentes y selectivos en su gasto e inversión.

Cuando en 2009 escuchamos algunas voces expertas que vaticinaban una crisis que duraría 10 años, todo parecía más un mensaje provocador que una previsión con base. Hoy sabemos que no andaban muy desencaminados. No llevamos técnicamente 8 años en recesión, pero nuestras economías crecen débilmente y lo hacen, además, a base de grandes estímulos de política fiscal y monetaria que, por su parte, parecen agotarse y han creado distorsiones difíciles de corregir sin crear otra crisis. 

Aunque 2019 está a la vuelta de la esquina, nuevas proyecciones apuntan a que nos esperan hasta 20 años con crecimientos inferiores a los que estábamos acostumbrados y todavía soñamos con poder recuperar. Y es que, a pesar de la crisis de 2009 y otros shocks, desde los años 80 hasta hoy hemos asistido a la época dorada de las empresas occidentales, con rentabilidades muy superiores a la media histórica. 

Este tiempo parece llegar a su fin. El estancamiento secular en que podemos estar entrando se explica en parte por cuatro factores: tres son de índole económico y uno de negocio. Los cuatro nos han sido favorables en los últimos 30 años y ahora se están agotando o revertiendo.

Los tres factores económicos son la inflación, los intereses y el crecimiento global. A principios de los 80, nuestra inflación no bajaba del 10%, el bono a 10 años cotizaba en torno al 15% y las exportaciones representaban menos del 20% del PIB en un contexto de débil crecimiento mundial. Hoy tenemos inflación 0, bono a 10 años por debajo del 2% y las exportaciones superan el 30% del PIB con un crecimiento mundial sostenido durante décadas. Gracias a esta evolución, nuestras empresas han tenido estabilidad y han podido financiar a bajo coste su crecimiento para satisfacer el incremento de demanda experimentado. 

Como decíamos antes, hasta aquí hemos llegado: estos factores no ofrecen más recorrido. En los próximos años será un reto evitar la deflación y mantener inflaciones en el rango del 2%. El coste de financiación empresarial no va a reducirse por debajo de los niveles actuales, si atendemos la situación del crédito en Japón, con tipos oficiales negativos. Y el crecimiento global puede resentirse si la población mundial en edad de trabajar, y en consecuencia el empleo, crecen menos y ese retroceso no se compensa con una mayor productividad. 

El cuarto factor, del ámbito del negocio, es el aprovechamiento temprano de la globalización y la desregulación de los mercados por parte las empresas occidentales. Han sido nuestras empresas las que más se han beneficiado del crecimiento de demanda e inversión mundiales, de la fabricación a bajo coste y de la descentralización e internacionalización de las cadenas de suministro. También nuestras empresas se han beneficiado antes de regulaciones nacionales más favorables. A principio de los 80 el tipo nominal del impuesto de sociedades era del 35%, mientras que hoy es del 25% (en Alemania, Francia o Reino Unido el tipo nominal superaba el 50% en 1980). Pero de nuevo, el margen de aprovechamiento de este factor se agota: empresas de países en desarrollo amenazan y ya logran posiciones dominantes en muchas industrias, especialmente en las intensivas en capital. Y el desarrollo tecnológico ofrece plataformas y redes que, por un lado, permiten a actores menores y de cualquier lugar adquirir escala competitiva más fácilmente y por otro, crean cambios disruptivos en sectores que trasladan rápidamente buena parte del excedente de las empresas a los consumidores.

Aunque las alegrías y tristezas van por barrios, probablemente tendremos que acostumbrarnos a menores crecimientos durante unos cuantos años. Y actuar en consecuencia, ya que esta situación planteará reflexiones y decisiones importantes en distintos niveles.

Las empresas tendrán que reajustar su actividad y sus expectativas, y si quieren crecer de forma rentable, deberán hacer más y mejores esfuerzos que en las últimas décadas. Tendrán que ser excelentes en el ámbito operativo, pero también líderes o referentes en innovación e intangibles. Tendrán que ser ágiles y agresivas, pero también más exigentes en su asignación de capital. Y deberán ser capaces de fijar la mirada en el largo plazo y afrontar periodos de pobres resultados.

También las personas y familias viviremos de forma distinta. Tendremos que acostumbrarnos a cambiar más de empresa o incluso de carrera profesional, pues desaparecerán muchos trabajos y se crearán otros. Cambiaremos remuneración económica por otros beneficios menos costosos para nuestros empleadores. También tendremos que decidir si elevamos nuestro ahorro ahora o nos jubilamos más tarde, porque nuestros planes de pensiones e inversiones serán menos rentables. 

Finalmente, las administraciones deberán ajustar sus políticas y tomar decisiones complicadas para responder a los cambios descritos. Deberán idear nuevas medidas de estímulo mientras afrontan mayores demandas de servicios sociales de una población más envejecida y con menos recursos económicos. Tendrán que promover una mayor ocupación y definir fórmulas atractivas que permitan extender la vida laboral. Y deberán desplegar medidas para contribuir a un mayor crecimiento de la productividad.

Dice el refrán que no es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita… No creemos que en las próximas décadas vayamos a vivir un empobrecimiento extraordinario, pero seguramente podremos abarcar menos y tendremos que ser más selectivos en nuestro gasto e inversión. Y es que venimos de un periodo en el que nos hemos acostumbrado a tener un viento de cola que ahora amaina, por lo que familias, empresas y sociedad tendremos que volver a acostumbrarnos a remar más fuerte y mejor coordinados. 1  

1 Fuentes: OECD, INE, MGI

*Publicado en Estrategia #000006

Mikel Achotegui

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