Aprendiendo a vivir en la incertidumbre. Una agenda política mejorada

Retomar el contacto con la redacción de artículos no resulta sencillo tras la parte más álgida de la experiencia vivida con la pandemia del Corona virus, y siendo consciente, además, de que nos tocará convivir con él durante un tiempo importante. No hay manera de paliar el drama humano de las personas fallecidas, ni el inmenso trauma surgido del confinamiento, ni el sufrimiento por ver a una parte importante de la población entregarse con pasión a su misión sin tener ni libro de ruta ni todas las capacidades para ello, la falta de roce ente las personas y, el dolor de ver el profundo sufrimiento de quienes se encuentran en exclusión o en riesgo de caer en ella.

Pese a que querríamos poder evitarlas, todas las crisis traen enseñanzas y ofrecen oportunidades para mejorar el mundo en que vivimos. Ha sido tal el golpe recibido en todos los ámbitos en esta pandemia que me sorprendería que no generase nuevos comportamientos o reforzase algunos caminos antiguos que nos lleven a una sociedad más justa e igualitaria.

La COVID-19 ha afectado por igual a todas las personas, con independencia de su estatus social (con repercusiones muy dispares para hacerle frente) pero nos acerca a la aparentemente sencilla realidad de que todos los seres humanos somos iguales en cuanto a nuestra vulnerabilidad física. Me causó profunda impresión el tuit de la hija del presidente del Banco Santander en Portugal, fallecido como consecuencia del Corona virus: “somos una familia millonaria, pero mi papá murió solo y sofocado, buscando algo tan simple como el aire. El dinero se quedó en casa”.

Considero que nuestra experiencia en esta fase de la pandemia sanitaria nos aporta una visión más humana de nuestra realidad que debemos aprovechar para generar una verdadera Comunidad de Personas que ponga la disminución de las desigualdades en todos los ámbitos de la vida, como el eje central de la convivencia. Quiero ser optimista en torno a este principio que nos llevaría a desarrollar nuevos hábitos o comportamientos que potencien la calidad de vida global.

La permanente aparición de ejemplos de solidaridad y cooperación a lo largo de la pandemia deberían reforzarse en el mundo post COVID-19, involucrando a amplios sectores de la población, en nuestro núcleo familiar y educativo debemos fomentar la prevalencia del ser frente al tener, poner en valor la cooperación y la solidaridad, la importancia de la familia y los entornos más próximos, la corresponsabilización en el cuidado de los más desfavorecidos, la importancia de estar permanentemente conectados con el mundo y con nuestro entorno, la valorización social de muchos empleos y actividades imprescindibles para la vida.

Considero que una de las enseñanzas de la pandemia es la necesidad de articular mejores mecanismos de participación y corresponsabilización de las personas y las instituciones públicas para generar una comunidad más cohesionada y justa. Necesitamos transformar nuestra forma de afrontar los enormes retos económicos, políticos, sociales y culturales que tenemos por delante, lo que implica una sólida interacción entre todos los estamentos, desde posiciones de creación de valor social y no instaladas en la confrontación.

Es evidente que una sociedad cohesionada, solidaria y equitativa necesita desarrollar mecanismos de generación de riqueza que permitan, además de su papel en la producción de bienes y servicios necesarios para todos los ámbitos de la vida; lo que implica que es absolutamente imprescindible la apuesta por una industria manufacturera de primer orden mundial que sea capaz de generar modelos de negocio competitivos internacionalmente, que aporten bienes y servicios con valor añadido, sólidas tecnológicamente y con empleo de calidad.

Hoy tenemos una pandemia económica y social a la que tenemos que hacer frente, de forma solidaria, todos los estamentos políticos, económicos y sociales. Nos encontramos con una degradación de las condiciones de vida y empleabilidad de un número muy relevante de personas en nuestro país. No podemos dejar que la crisis ahonde nuestra desigualdad y perdamos los niveles de cohesión adquiridos con tanto esfuerzo a lo largo de tantas décadas. Espero que entendamos que tenemos que aportar lo mejor que tenemos y acrecentar la solidaridad con quienes menos oportunidades y peores condiciones de vida tienen.

Dado que estamos a la puerta de las elecciones autonómicas de julio, me gustaría hacer algunas consideraciones sobre elementos que entiendo son importantes de cara al futuro en los mecanismos de gestión pública. Contamos con algunos de ellos presentes en nuestra sociedad, pero necesitamos adaptarlos para llegar a ser una sociedad avanzada con los menores niveles de desigualdad de Europa, un objetivo del que no estamos tan lejos. No hay recetas establecidas, menos en este mundo de incertidumbre, pero si hay pautas de comportamiento que puede ser avenidas para su desarrollo.

Hoy más que nunca, se hace necesario poner el énfasis de todas las políticas públicas en la persona y en la Comunidad como eje central de actuación, instrumentar mecanismos para promover el avance en el bienestar tanto de las generaciones actuales como de las futuras (compromiso intergeneracional), establecer una gobernanza colaborativa en procesos de cooperación con la sociedad y otras instituciones. Debemos recuperar el valor de lo público como herramienta de desarrollo económico y social, repensar nuestro modelo educativo que será la esencia de una comunidad cohesionada y competitiva, relajar temporalmente la dinámica de estabilidad presupuestaria y buscar fórmulas imaginativas de financiación, promover mecanismos de participación de las personas en la construcción de la Comunidad, continuar avanzando en acercar los servicios asistenciales a las personas a su hábitat natural, acelerar la digitalización, apostar decididamente por la industria manufacturera, etc.

Animo a todos los estamentos públicos y privados a que realicen una gestión dual del momento que vivimos, es decir, a que atiendan la emergencia actual con prioridad en las personas y en la recuperación, sin olvidarse de preparar el futuro.

Puede seguir el artículo en El Economista.

Sabin Azua

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