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Ecosistemas de innovación: la fuerza de estar conectados

Durante décadas, los marcos estratégicos clásicos nos enseñaron a ver el entorno externo como un adversario. El modelo de las cinco fuerzas de Michael Porter describía las industrias como campos de batalla, donde el objetivo era defenderse de proveedores, clientes y rivales.

Sin embargo, la economía actual ya no responde a esa lógica. En un contexto marcado por la aceleración tecnológica, la incertidumbre geopolítica y la presión constante por innovar, las empresas no pueden permitirse avanzar en solitario. La lógica competitiva cede terreno a la lógica de ecosistema: hoy, crear y capturar valor exige orquestar interdependencias, no solo optimizar posiciones individuales.

¿Qué es un ecosistema de innovación?

Un ecosistema de innovación es un entorno dinámico en el que actores diversos interactúan para crear, desarrollar e implementar soluciones innovadoras. Su lógica es de apertura, colaboración y co-creación, muy diferente a los modelos tradicionales de I+D+i.
En un ecosistema de innovación suelen integrarse cinco actores clave:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La evidencia y nuestra experiencia en el diseño de este tipo de ecosistemas nos muestran que, cuando se diseñan bien, estos entornos generan un impacto significativo en el desarrollo económico empresarial y territorial, en la medida que:

Potencian la innovación colaborativa, al crear un marco estable de cooperación que facilita la identificación de retos compartidos, la combinación de capacidades complementarias y la co-creación de soluciones que difícilmente surgirían desde un único actor.
Aceleran la transferencia de conocimiento y tecnología desde los laboratorios y centros de investigación hacia el mercado, reduciendo significativamente los tiempos de desarrollo y validación de nuevas soluciones.
Atraen y retienen talento, al ofrecer entornos dinámicos donde conviven investigación aplicada, retos reales de negocio y oportunidades de crecimiento profesional.
Conectan con redes globales, facilitando procesos de internacionalización que serían difíciles de acometer en solitario…
Impulsan la competitividad regional, actuando como auténticos motores de progreso: generan empleo de calidad, fortalecen cadenas de valor, diversifican la economía y aumentan la capacidad de los territorios para atraer inversión y proyectos estratégicos.

Tipos de ecosistemas de innovación

Cuando hablamos de ecosistema de innovación podemos referirnos a iniciativas muy diversas según cuál sea su origen o promotor, especialización, alcance geográfico o modelo de funcionamiento. Pero todos comparten la misma lógica: la innovación florece en espacios que reúnen talento, empresas, capital y conocimiento en un entorno colaborativo.
Siguiendo la clasificación que propone Innobasque16 (Agencia Vasca de Innovación), podemos agrupar los ecosistemas de innovación en 3 categorías, en función de su origen y alcance.

Ecosistemas empresariales:

Se trata de ecosistemas promovidos por una empresa tractora, que busca acelerar el desarrollo de soluciones y mejorar de forma significativa los resultados de sus esfuerzos en innovación.

En estos modelos, la empresa promotora actúa como agente tractor, define la misión y la estrategia del ecosistema, y moviliza a otros participantes que aportan capacidades complementarias (proveedores, startups, universidades y centros tecnológicos), convirtiendo la innovación en un esfuerzo colectivo con mayor impacto y velocidad de ejecución.

En los últimos años han proliferado este tipo de ecosistemas —tanto físicos como virtuales—. Un ejemplo relevante es el Global Smart Grids Innovation Hub de Iberdrola, que combina la capacidad tecnológica de la compañía con una red de más de 100 entidades colaboradoras.

Otro ejemplo en el que hemos participado desde BMASI fue la revisión del ecosistema de innovación abierta de Metalsa, empresa mexicana líder mundial en componentes estructurales para la automoción. El ecosistema definido fue muy ambicioso e incorporó herramientas como laboratorios colaborativos, conexiones con hubs de referencia, equipos de venture builder y de venture client, e instrumentos de financiación.

Su despliegue ha contribuido a reforzar la capacidad de innovación de la compañía, pero también ha generado un aprendizaje clave: la importancia de alinear la cultura, los procesos y los recursos con la estrategia de innovación.

Ecosistemas sectoriales o temáticos

Los ecosistemas de innovación sectoriales o temáticos surgen para impulsar el avance de un sector concreto o para abordar problemáticas complejas que requieren la colaboración de múltiples agentes. Suelen estar promovidos por instituciones públicas, agrupaciones empresariales o alianzas de actores relevantes que comparten un reto común.

En estos ecosistemas, las organizaciones participantes trabajan conjuntamente en el desarrollo de tecnologías, soluciones y modelos que respondan a las necesidades específicas de una cadena de valor o a desafíos globales como el cambio climático, la salud o la educación.

También en este caso, el número de iniciativas de este tipo se ha multiplicado en los últimos años. Un ejemplo en nuestro entorno es el recientemente inaugurado Gastronomy Open Ecosystem (GOE), impulsado por Basque Culinary Center. En BMASI tuvimos la oportunidad de participar en su gestación y hemos constatado la importancia de definir con claridad el propósito del ecosistema, diseñar una propuesta de valor atractiva para los distintos agentes implicados y articular una gobernanza eficaz

Otros ejemplos relevantes también en nuestro entorno son el Centro de Fabricación Avanzada Aeronáutica (CFAA), el Energy Intelligence Center (EIC) o el Automotive Intelligence Center (AIC). Todos ellos son proyectos con la ambición de acelerar la innovación en un sector, sumando capacidades complementarias de agentes diversos.

Ecosistemas territoriales

En este caso, su objetivo es impulsar el desarrollo económico, social y tecnológico de un territorio y pueden desarrollarse con distinto alcance geográfico, desde un barrio a una macrorregión.

Entre los grandes referentes internacionales destacan entornos como Silicon Valley, Boston o Shenzhen, grandes ecosistemas que han logrado consolidar un tejido empresarial y científico-tecnológico de alto valor añadido, conectado, abierto a la disrupción y con una elevada capacidad de atracción de talento.

En una escala menor, los distritos de innovación son también ecosistemas donde convergen y colaboran empresas, startups, centros de conocimiento y administraciones públicas con el objetivo de promover la innovación y el crecimiento económico. Estos espacios además suelen configurarse como laboratorios en los que se experimentan nuevas soluciones en sostenibilidad, energía limpia y diseño urbano. Ejemplos emblemáticos son Seaport y Kendall Square en Boston, Brainport Industries en Países Bajos o 22@ Barcelona.

Todas estas experiencias ponen de manifiesto que la innovación sigue siendo un fenómeno de proximidad. De hecho, los últimos datos del Global Innovation Index confirman esta tendencia: los 10 ecosistemas de innovación más importantes del mundo generan el 40% de las patentes mundiales, el 35% de la actividad global de capital riesgo y el 15% de las publicaciones científicas internacionales.

En otras palabras, la innovación no se distribuye de forma homogénea, sino que se concentra en nodos donde convergen talento, capital y conocimiento. Para las empresas, esto implica que competir hoy exige estar vinculadas a esos nodos o, al menos, replicar su lógica de funcionamiento a menor escala.

Factores críticos de éxito

He mencionado algunos ecosistemas de innovación que han logrado generar un impacto tangible en el desarrollo económico empresarial o territorial. Sin embargo, también existen muchas experiencias no tan exitosas. ¿Cuáles son las claves para que un ecosistema de innovación genere un impacto positivo, independientemente de su propósito y alcance?

En BMASI hemos tenido la oportunidad de participar en el diseño de varios ecosistemas de esta naturaleza, lo que nos ha permitido identificar algunos factores críticos de éxito. Conviene destacar que estos factores son aplicables únicamente a ecosistemas promovidos por organizaciones concretas y no a grandes ecosistemas regionales —como Silicon Valley, Boston o Londres— cuyo origen y evolución obedecen a procesos mucho más amplios y en gran parte no intencionales.

Los 6 factores de éxito que identificamos son los siguientes:

  • Propósito claro y compartido. Es la base de cualquier ecosistema que se construye de manera consciente. No importa tanto el nivel de ambición como que todos los actores entiendan y compartan el «para qué». Un propósito bien formulado funciona como una brújula; orienta las decisiones, ayuda a priorizar proyectos, facilita la selección de colaboradores y permite decir que no a iniciativas que no aportan valor al conjunto. Además, reduce la fragmentación y la dispersión de esfuerzos, un riesgo frecuente cuando confluyen muchos agentes con intereses diversos.
  • Confianza y transparencia. Junto con el propósito, es probablemente el elemento más determinante y, a la vez, el más difícil de construir. La confianza no se impone, se genera a base de experiencias compartidas, cumplimiento de compromisos y una percepción de reciprocidad justa entre las partes. Invertir en confianza, a través de espacios de encuentro, dinámicas de trabajo colaborativo, comunicación clara y una gestión profesional de conflictos, es tan importante como invertir en infraestructuras o tecnología.
  • Reglas de juego claras. Para compartir ideas, datos y capacidades se necesitan reglas de juego explícitas, conocidas y aceptadas por todos. Estas normas deben abordar, como mínimo, aspectos de confidencialidad, uso y propiedad de los resultados, derechos de explotación de las patentes, gestión de datos y criterios de participación en proyectos. Cuando estas cuestiones no están claramente definidas, los conflictos emergen, erosionando la confianza y bloqueando la escalabilidad.
  • Modelo sólido de gobernanza y gestión. En un ecosistema conviven actores diversos, públicos y privados, cada uno con tiempos, lenguajes y lógicas distintas. Sin un modelo de gobernanza claro, el riesgo es que el ecosistema se convierta en una suma de iniciativas inconexas o en una “mesa de diálogo” sin capacidad real de decisión. Un buen modelo de gobernanza debe definir con precisión los órganos de decisión, los roles, responsabilidades y compromisos de cada parte. A ello debe sumarse un equipo de gestión profesional, con dedicación suficiente y capacidad de dinamizar actividades y conectar ideas y personas. Sin esta capa de gestión, el ecosistema pierde tracción y tiende a diluirse.
  • Orientación de largo plazo y adaptación. Construir un ecosistema de innovación no es un proyecto de uno o dos años, sino un proceso de largo recorrido. Requiere tiempo para generar confianza, madurar proyectos y atraer talento e inversión. No obstante, esa perspectiva de largo plazo debe combinarse con una alta capacidad de adaptación. La clave es mantener estable el propósito y la visión, pero revisar de forma periódica la cartera de proyectos, las áreas de especialización, los servicios ofrecidos y los modelos de relación. Los ecosistemas que funcionan son los que aprenden de la experiencia, corrigen rumbos y ajustan su propuesta de valor sin perder coherencia.
  • Infraestructura física de referencia. Aunque algunos ecosistemas operan en formato virtual, la mayoría se apoyan en espacios físicos que actúan como punto de encuentro y aportan visibilidad. La idea popularizada por la película Field of Dreams —“Si lo construyes, vendrán”— ilustra bien el poder simbólico de la infraestructura como elemento tangible que hace visible y creíble un proyecto ambicioso. Sin embargo, la experiencia demuestra que construir no es suficiente. La infraestructura no crea el ecosistema; lo facilita. Solo genera impacto cuando está al servicio de una estrategia clara, de una comunidad activa y de una programación constante que mantenga el espacio dinámico y relevante.

La expansión de los ecosistemas de innovación nos recuerda que el futuro no se construye solo con más tecnología, sino con mejores formas de relacionarnos. No se trata de levantar nuevos edificios, lanzar más convocatorias o acumular proyectos, sino de articular espacios donde empresas, ciencia, emprendimiento y sector público alineen intereses y capacidades para generar valor conjunto. Quizá esa sea la contribución más valiosa de los ecosistemas de innovación: demostrar que cambiar la forma de relacionarnos es, en sí mismo, una de las innovaciones más poderosas.

 

Referencias
https://www.mckinsey.com/industries/public-sector/our-insights/building-innovation-ecosystems-accelerating-tech-hub-growth
https://sloanreview.mit.edu/article/strategically-engaging-with-innovation-ecosystems/
https://www.innobasque.eus/publicaciones/innovacion-abierta-y-ecosistemas-de-innovacion/

16 https://www.innobasque.eus/publicaciones/innovacion-abierta-y-ecosistemas-de-innovacion/

 

 

Ana Avendaño

Socia Consultora
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