Es momento para repensar Europa con ilusión

Cuando me enfrento al síndrome de la hoja en blanco para elegir el rumbo del artículo de este mes, caigo en la cuenta de que representa el número 50 de mis colaboraciones para El Economista. Celebro que este ejercicio que nació con el compromiso de escribir alguna contribución para la publicación, se haya convertido en un momento importante para compartir con los lectores un espacio de reflexión.Muchos temas se han agolpado en mi mente para festejar esta pequeña efemérides, y entre ellos me he decantado al final por hablar sobre el proyecto de construcción europea.

Me ha parecido oportuna la presentación por parte de la Unión Europea del “Papel Blanco sobre el futuro de  Europa: Avenida para la Unidad de los 27”. Celebro esta iniciativa, aun cuando este proceso viene forzado por elementos tales como  la necesidad de rearmar la Unión ante acontecimientos como el Brexit del Reino Unido, el creciente avance de los partidarios de una menor integración europea (Le Pen, Wilders, etc.) que llevan implícito algunos comportamientos racistas y antisociales, el nuevo orden internacional que relega el destacado papel histórico de Europa, la crisis de los inmigrados, etc.

Creo que una de las carencias de nuestra sociedad moderna es que la inmediatez, lo efímero, la visión de corto plazo, etc., presiden una enorme cantidad de las decisiones de los gobiernos y, en muchas ocasiones de las empresas. No nos hemos planteado con verdadera decisión el ejercicio de pensar cuál queremos que sea el futuro de Europa, lo que dificulta fijar políticas y mecanismos de actuación que den sentido al proyecto de construcción europeo

Como decía Nietzsche: “el que tiene un para qué, siempre encuentra el cómo”. Europa puede tener muchos futuros, y  lo importante es que definamos cuál queremos y articulemos los pasos para alcanzarlo.

Considero que es necesario abordar con rigor, diálogo y ambición el proceso de reforzamiento del proyecto europeo. Cuando se cumplen 60 años de los Acuerdos de Roma, es momento idóneo para dar un impulso creativo al diseño de la Europa del futuro. No es momento para acuerdos timoratos y cortoplacistas, sino de proyectar un proceso de debate y definición de un proyecto que pueda ilusionar a la ciudadanía europea.

Parece que la Comisión ha optado por un método novedoso para abordar esta cuestión huyendo de las cumbres de Presidentes de Gobiernos de los Estados o de acuerdos fuera de los órganos comunitarios de decisión que son constantes en la Unión Europea, lo que influye en la toma de decisiones basadas en elementos coyunturales, en demasiadas ocasiones vinculadas con las situaciones internas de los Estados miembro. 

En este sentido, el planteamiento presentado por Junkers aboga por la elección del marco de futuro de Europa  entre  cinco escenarios: continuidad del proceso vigente, nada más allá del Mercado Único, Europa a la carta, concentrar la Unión en menos cuestiones de forma más eficiente y, finalmente,  hacer muchas más cosas juntos. 

Es el momento de la verdad: tenemos la oportunidad de elegir un modelo de futuro para Europa que potencie el trabajo en común. Es el momento de exponer de verdad la Europa que queremos para el futuro, si deseamos un proyecto compartido o un mero juego de intereses.

Hay quienes pensamos que, pese a que el mundo está evolucionando hacia un nuevo orden mundial con un menor peso específico de Europa en el contexto futuro, tenemos la capacidad de ser un jugador relevante en este proceso si somos capaces de ahondar en el modelo socio-económico diferencial con otras regiones del mundo  e integramos las capacidades y potencialidades del conjunto de las organizaciones y ciudadanos de la Unión Europea.

Considero que es preciso abordar el análisis y discusión de los escenarios con rigor y decisión. Entiendo que los cuatro primeros escenarios no resultan deseables para los europeístas convencidos. Suponen una continuación de la incierta integración europea, fagocitan la capacidad de encontrar un marco de futuro que resulte atractivo para la ciudadanía y condenan a la Unión Europea a continuar improvisando su modelo de construcción y adaptándolo permanente a las coyunturas existentes.

Soy especialmente crítico con el escenario de la Europa a la Carta o de las Varias Velocidades. Me parece la mejor forma de no comprometer a ninguna nación con el futuro común europeo. Desgraciadamente, la primera reunión posterior a la presentación del Libro Blanco con presencia de Francia y Alemania daba pábulo a pensar que éste es un escenario que contemplan con mucho interés.

A mí me gustaría visualizar el futuro de Europa desde el optimismo por la construcción de un proyecto renovado, con capacidad de integrar a los diferentes pueblos de Europa, con una apuesta por ahondar en la profundización de la unión económica y de la Europa social, con voz en el diálogo entre realidades diferentes del mundo, etc. Una Europa con políticas comunes y presencia real en el diálogo en el mundo. A este deseo, solamente se corresponde el último de los escenarios contemplados. Creo que éste es el marco en el que Euskadi se encontraría más cómodo en el futuro para desarrollar un proceso de profundización en el autogobierno más sólido.

Puede seguir el artículo en El Economista.

Sabin Azua

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